a es pequeña como una motita de polvo. Y llama a su puerta. Rasca un poco la madera y espera paciente hasta que Cordelia le abre.
Una vez adentro, a se instala oronda sobre su falda o arriba de su hombro. Y, al igual que los gatos, juguetea con sus patitas delanteras. Empuja. Primero con una, luego con la otra. Primero una y después la otra. Es muy insistente.
Ya está oscuro, afuera hace frío y los vidrios se empañan. Cordelia nota que es la hora de la cena. Cierra el libro y acaricia la portada con el dedo índice. Camina hasta la cocina. Enciende el fuego, arrima la olla.
Elige el mantel de pintitas azules. Lo estira sobre la mesa y cuida que no quede ni un pliegue, ninguna arruga. Se le ocurre que Vivaldi será el mejor acompañante para esta comida. Enciende la lámpara del living, la de luz tenue. Coloca el cd. Permanece un instante en silencio, regula el volumen del aparato. Ni muy alto ni muy bajo.
Distribuye los platos para la familia, acomoda los vasos, se demora repasándolos con un paño celeste, para que luzcan más brillantes. También lustra los cubiertos. Y los ubica. Los tenedores a la izquierda, los cuchillos a la derecha.
Silba al compás de Las cuatro estaciones. Dobla las servilletas con cuidado, en triángulos. Las pone junto a los cuchillos. Corona la mesa con un jarrón de jacintos.
Todo está en orden, cuando la familia llegue, la cena estará servida.
a
a encontró su sitio en la casa. Se acurruca en un hueco del sofá y allí vive, lo más tranquila. Sin molestar a nadie.
Cordelia coloca la fuente en el horno. No se decide. ¿Pondrá música? ¿La radio? El televisor. Al final, enciende el televisor.
La mujer toma el mantel verde, lo estira sobre la mesa. Echa un vistazo a las noticias. Pone un plato y el otro y el otro. ¡De nuevo aumenta el gas! Acomoda los cuchillos a la derecha y los tenedores a la izquierda. Descubre una manchita en uno de los filos. La limpia con presteza. Dobla las servilletas y las ubica, una, dos, tres... Todo prolijito. Coloca los vasos. ¡Increíble lo que sucede en el Senado! Nota que las flores están mustias. Las retira. Corre al patio. Elige la maceta con el cissus y la pone en el centro de la mesa. La comida ya está caliente. Y la familia que no llega.
a
a ya no se conforma con su lugarcito en el sofá. Está un poco más gorda- aunque no demasiado- y prefiere permanecer a upa de Cordelia. Siempre a upa, sobre el hombro o jugando con los cabellos lacios de la mujer.
La olla se calienta a fuego lento. Cordelia revuelve con la cuchara de madera. a observa desde su atalaya. En el horno, se templa también una fuente con parte de la cena. De la televisión proviene la voz del Presidente. Cordelia resopla y sacude las miguitas del mantel de líneas amarillas que ya está puesto en la mesa. Coloca los platos, revuelve un poco más. Los cubiertos, los vasos. a le acaricia la nuca. “Qué sensación extraña”, piensa Cordelia y ubica las servilletas. Una publicidad invita al público a consumir una bebida. Y a Cordelia le da sed. Bebe de la botella de gaseosa. Es temprano, pero su estómago resuena, así que ahora lame un poco la cuchara. Y pellizca el contenido de la panera. a se retuerce de satisfacción. Está henchida y algo pesada. Cordelia se rasca la cabeza. Camina hacia el comedor, tamborilea los dedos. Y casi corre de vuelta a la cocina. Mira la televisión, revuelve con la cuchara, se chupa el dedo que se le ensucia incansablemente con la salsa, mira la televisión y resopla una vez más. Observa la hora. ¿Faltará mucho para que lleguen? Cordelia le echa desde la cocina otro vistazo a la mesa. Se da un suave golpecito en la frente con la palma de la mano. Me olvidaba, piensa. Y coloca en el centro un florero alto con un iris de pétalos casi anaranjados. Si su familia no llega pronto, se le quemará la comida, reflexiona, mientras raspa con la cuchara el fondo de la olla.
a
Cuelga el teléfono. Pidió algo en la rotisería, por si lo que tenía preparado para comer no le llegara a alcanzar. a está tan gorda sobre la nuca de la mujer, que parece una estola. Cordelia enciende la hornalla y arrima la olla. En la sartén fríe y saltea. Sube la temperatura del horno y mete en él la asadera. Revuelve y revuelve. Al ritmo del lavarropas, que no deja de girar. Y de hacer ruido. Agrega sal y pimienta al contenido de la olla. Prueba un poquito. Gira y voltea la fritanga. La televisión grita sus publicidades. Le falta. Algo de orégano, perejil, tal vez. Vuelve a probar. Frío pero bien. Mira la mesa. Está sucia, así que le pasa un trapito. Deja los platos, los cubiertos y las servilletas, todos en una pila. Revuelve, revuelve y otra vez a probar. Una chupadita. Bien. Los vasos. La panera. Un pellizco nada más. Dos vueltas a la olla. ¿Y lo del horno? Hay que ver. Sólo un bocado. Sí. Ya está. Apaga el fuego. Revuelve otro poco. Y vuelta a probar. A la mesa. Un pellizco. A la cocina. Una gota de la salsa. Lame la cuchara y la moja nuevamente. a se acomoda y observa. Está muy cómoda. Cordelia se estruja las manos. Y la familia que no llega. Ya está por terminar el noticiero. La comida se va a enfriar. El lavarropas no gira más. La panera casi está vacía. La recarga. Se hace tarde, se hace tarde… a envuelve la nuca de Cordelia. La mujer siente verdaderas ansias. Va a la cocina. Mira, chupa, lame, prueba. Vuelve al comedor. Observa, escucha, pellizca y pellizca. Suena el timbre. La rotisería. Coloca la comida sobre la mesa. Abre el paquete. Huele. Agrega la olla. Y la fuente del horno. Todavía no vino nadie. No importa. Se lo pierden. Toma un plato de la pila. Y un cuchillo y un tenedor. Y una servilleta. a abre sus fauces. Apunta con su boca a la nuca de Cordelia. Ya asesta el trancazo. Justo a tiempo. Los dientes de a rodean el cuello de la mujer. Y entonces, Cordelia se sirve con abundancia, porque de lo contrario, la comida se le va a enfriar. Una cucharada de esto, dos porciones de aquello. Un poquito más por acá… Cuando llegue la familia, comerá. Si es que le queda algo.